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>Tragedia educativa Argentina

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>JAIM ETCHEVERRY, Guillermo. La Tragedia Educativa.
Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1999,231 p.

Guillermo Jaim Etcheverry en su libro La Tragedia Educativa realiza un análisis del estado cultural de la sociedad argentina y su reflejo en las instituciones educativas. El título del libro es contundente respecto de la opinión del autor sobre la realidad educativa. Esta es analizada a partir de una amplia exposición de citas de reconocidos científicos, empresarios, escritores, humanistas; de datos estadísticos y de ejemplos que fundamentan claramente su posición.

Guillermo Jaim Etcheverry es médico, docente e investigador. Se recibió en la Universidad de Buenos Aires y, actualmente, es especialista en neurobiología y profesor titular de Biología Celular e Histología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Fue decano de esta facultad entre 1986 y 1990. Desde 1971 es miembro de la Carrera del Investigador Científico del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

Una razón de importancia que fundamenta el título de la obra es que los niños y jóvenes argentinos no aprenden en las instituciones educativas. Esta es la “tragedia educativa”, Así, en el primer capítulo, titulado “La situación actual de la educación: actitudes sociales y realidades económicas”, el autor despliega una importante cantidad de
datos estadísticos que reflejan el bajo rendimiento académico de los jóvenes argentinos. Por ejemplo que en 1998, el 84% de los 1727 alumnos examinados, en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Plata, no logró responder ninguna pregunta y un solo alumno alcanzó a contestar la mitad del examen (p. 25).

Las razones que conducen a esta tragedia están enmarcadas en una serie de situaciones sociales, culturales y económicas de la realidad actual argentina.

Una de esas causas es el escaso valor que los actores sociales involucrados en esa realidad (dirigentes, políticos, padres, alumnos, etc.) dan a la educación. Al respecto el autor afirma: Muy posiblemente, el descuido de la educación por parte de la dirigencia social así como el descenso experimentado por el rendimiento académico de los niños y jóvenes reflejan una profunda modificación en las expectativas que la sociedad deposita en la escuela (p. 45). La sociedad argentina en general no valora el conocimiento y exige poco de las instituciones educativas. Esta conclusión es fundamentada a partir de diferentes datos. Por ejemplo comparaciones estadísticas con otros países como Japón. En Argentina el 80% de los padres está satisfecho con la educación que reciben sus hijos mientras que en Japón sólo el 35%. Otra razón de peso que fundamenta esta hipótesis es el escaso porcentaje del Producto Bruto Interno que la Argentina dedica a su educación primaria y secundaria en comparación con los países de la OCDE.

Otro aspecto a tener en cuenta en las causas de esta “tragedia educativa” , son los valores sociales transmitidos por los adultos y , especialmente, a través de los medios masivos de comunicación a cuyos productores los denomina “los verdaderos pedagogos nacionales”. Ante esta situación el autor alerta sobre el peligro de extinción de la escuela como institución. En este sentido una idea central del texto La Tragedia Educativa es la escasa significación social que la sociedad brinda a la Escuela. Sin embargo, es importante contrastar esta impresión con los datos del Informe Argentino de Desarrollo Humano 1998. Este refleja una investigación realizada por 30 universidades nacionales, en la que entre una de sus conclusiones afirma que los argentinos le asignan a la escuela un valor central en la construcción del futuro.

En el capítulo segundo titulado “La sociedad ante la escuela:
“Expectativas en medio de conflictivas tendencias culturales” el autor caracteriza las circunstancias socio-culturales en que están inmersas las instituciones educativas y, especialmente, los niños y jóvenes de hoy. Al respecto el autor afirma: Con un olfato entrenado para detectar la hipocresía, los jóvenes leen con gran agudeza las señales que envía el mundo en el que deberán vivir. Siguen con gran dedicación las enseñanzas de sus maestros en ese mundo, los verdaderos pedagogos nacionales: la televisión, la publicidad, el cine, el deporte, la música popular, la política y todo lo que entra en los espacios de celebridad que ellos definen. Lo que los chicos saben es lo que los mayores les enseñamos con el ejemplo (p. 60).

Esta realidad socio-cultural conduce al autor a afirmar que la tragedia se aloja entre las paredes de nuestras casas y refleja fielmente nuestros valores (p. 65). Hoy los jóvenes están inmersos en la incertidumbre y angustiados por el desempleo, la violencia, el temor al SIDA, la crisis familiar y educativa, el consumo desenfrenado, la banalización de las costumbres, etc. La tragedia se aloja en la sociedad en su conjunto y la escuela es sólo su reflejo.

La propuesta del autor a esta realidad se sintetiza en palabras como: Habrá que reconocer que estamos en deuda con la mayoría de nuestros jóvenes (…) sólo asumiendo nuestra responsabilidad de adultos, proponiendo a los jóvenes modelos de conducta diferentes de los tan lamentables que les mostramos (…) podremos intentar que recuperen el sentido perdido de sus vidas ( p.68).

Guillermo Jaim Etchverry, paralelamente a este “enseñar con el ejemplo”, propone “volver” a la cultura del esfuerzo. Todo aprendizaje supone dificultades y su superación demanda sacrificios. Esta noción del aprendizaje se ha ido perdiendo porque tratamos de engañar a los niños y jóvenes (y engañamos) simulando que aprender es lo mismo que ir al cine o sentarse frente a la pantalla del televisor (p. 99). Por esta razón el lenguaje se ha simplificado y emprobrecido, la imagen ha desplazado por completo a la palabra surgiendo el homo videns descripto por Sartori. Así el culto de la imagen está represtigiando lo irracional y se deteriora la capacidad de pensar. El autor propone volver a la cultura escrita (p. 104) Y para ello defiende a ultranza el uso del libro y la práctica de la lectura en las escuelas.

La dicotomía planteada por el autor, referida a la imagen versus la cultura escrita, remite a otras polémicas tecnológicas del aula como la pizarra o pizarrín (utilizada por cada alumno hasta la década de 1930) versus el papel. Esta polémica se extendió desde fines del siglo XIX hasta la década del 40 del siglo XX. Al respecto Silvina Gvirtz afirma” …la institución escolar se organiza en función de ciertos límites, en este caso impuestos por el desarrollo tecnológico (…) en función de estos límites, la escuela organiza de un modo particular los recursos con los que cuenta y los reorganiza a medida que se presentan nuevas posibilidades” . Cabría plantearse, entonces, nuevos modos de organización del trabajo escolar que incluya junto al libro y a la lectura, el análisis crítico de la imagen y del lenguaje transmitido por los medios tecnológicos que invaden los hogares diariamente.

Así el autor propone, frente al avance tecnológico, ejercitar la creatividad y la capacidad de pensar y de relacionar conceptos para que los niños y jóvenes puedan establecer conexiones y juicios críticos frente al inagotable caudal de información procedente de diversas fuentes.

En el capítulo III ” ¿Hacia dónde parece orientarse la educación? ” el autor realiza un análisis crítico de la educación utilitaria relacionada con el trabajo y la obtención de un beneficio económico. Así la preocupación central de nuestra sociedad es que lo que aprenden los jóvenes les “sirva”. Y pronto (p.86). La cultura humanista, la transmisión de valores sociales y tradiciones culturales se ha perdido como objetivo de la educación. Esto se contrapone con el interés de empresarios, como el presidente de IBM, que reclama empleados que sepan leer, calcular, comunicarse y, sobre todo, pensar.

Por otro lado, el aumento de profesionales humanistas dedicados El tareas gerenciales y el ejemplo de universidades europeas, dedicadas a la formación de grado y posgrado en administración de empresas, que estimulan a sus alumnos a realizar cursos de filosofía, contribuyen a fundamentar la hipótesis del autor de complementar la formación técnica-profesional con la humanista.

En el marco de esta educación utilitaria, los medios tecnológicos (computación, videos, Internet) son imprescindibles. Sin embargo, el autor considera que el eje del trabajo escolar sigue siendo el maestro y que el mayor número de computadoras en las aulas no indica un mayor nivel de rendimiento. Un caso que ilustra este hecho es Japón que tiene uno de los mejores niveles en matemática y es el país que menos computadoras tiene en las aulas escolares. El autor al respecto afirma: Parecería haberse perdido el sentido de la proporción, pues, si bien la tecnología puede contribuir con herramientas interesantes al aprendizaje, el motor central del aula sigue siendo un buen maestro, encargado de dar testimonio del valor humano del conocer (p.113).

Continuando con la propuesta, en el capítulo IV titulado “Una misión revolucionaria para la escuela: baluarte de la resistencia de lo humano”, el autor amplía y explicita su propuesta educativa. Confiesa su temor a la pérdida de la escuela como uno de los escasos ámbitos de transmisión del entusiasmo y el respeto por el conocimiento, para desarrollar y fortalecer la razón; esta es la tragedia educativa. Para que esto no suceda es necesario educar en: la transmisión de valores culturales y sociales a partir del ejemplo de los maestros, centro de la enseñanza; el cultivo de la disciplina y el esfuerzo; la escuela como baluarte de la lengua y de la cultura escrita; el uso de la lógica, para esto último propone el retorno al estudio del latín y el griego; aprender a discernir, a pensar y a elegir ante el caudal de información que a diario llega a los jóvenes y niños, etc.

La tragedia no es sólo educativa, es también moral. Así el autor caracteriza a los jóvenes de hoy: Esos jóvenes en su mayoría, son buenas personas y, a pesar de un escaso entrenamiento religioso y un débil liderazgo moral, practican sus sentimientos compasivos. Pero desde el punto de vista cultural y conceptual viven en una niebla moral. (…) Son muchos los jóvenes incapaces de efectuar juicios morales, lo que se debe a que se está perdiendo la noción misma de verdades morales objetivas. (p. 186). Guillermo Jaim Etcheverry opina que la confusión moral se debe a la falta de una educación adecuada y propone educar aspectos conceptuales relacionados con la moral enmarcados en el “conservacionismo moral”.

En el “Epílogo”, el autor sintetiza una serie de propuestas. Entre éstas se encuentran: elaborar un nuevo contrato educativo en el que se privilegie el conocimiento; vencer la tendencia a cercenar la función del Estado respecto de la Educación para no ser sustituido por las fuerzas del mercado; profundizar la función de la escuela como institución capacitadora del aprendizaje de la democracia, de la libertad y de la conciencia ciudadana; y rescatar la figura del maestro como motor central del mejoramiento de la educación.

En síntesis, Guillermo Jaim Etcheverry realiza una diagnosis de las tendencias sociales que dan el marco a la experiencia escolar y las estrategias que se insinúan para realizar transformaciones educativas. Finalmente, expone ciertos criterios que deberían ser tenidos en cuenta para dicha transformación. El lenguaje utilizado es claro y directo, los textos contienen sobreabundante información extraída de las principales figuras e instituciones argentinas, americanas y europeas. Así el autor desarrolla y fundamenta su hipótesis de la tragedia educativa, espejo de la tragedia social.

Es conveniente extender la visión del contexto social dada por Etcheverry a partir de un abordaje multidimensional y procesual de la dinámica social. Esto posibilita ampliar el enfoque de análisis y vencer la dicotomía que trasluce el libro. Esta dicotomía se evidencia en la nostalgia por un pasado de oro tanto educativo como socio- cultural. Desde un abordaje holístico, Augusto Pérez Lindo 3 plantea que lo que estamos viviendo es una “redefinición de los códigos de civilización subyacentes” que determina una reelaboración de las ideas que una cultura tiene sobre diversas temáticas como la vida, la educación, la muerte, etc.

En esta “redefinición” las posturas conservadores se afirman y los nuevos paradigmas no se precisan con claridad. Sin justificar esta “tragedia educativa”, cuyos datos extraídos de serias estadísticas nacionales e internacionales y del sentido común son más que evidentes, es imprescindible ubicarla en contextos más amplios de análisis para orientar significativamente y con respuestas adecuadas a estos tiempos, las propuestas educativas.

Siguiendo este análisis es importante establecer diferencias entre las políticas públicas argentinas referidas a educación y las características del contexto socio-educativo. En cuanto a las primeras es innegable que existe una disminución presupuestaria tal como lo expone Jaim Etcheverry: De acuerdo con las cifras oficiales, la Argentina dedicó, en 1996, el 2,9% de su PBI a financiar la educación primaria y secundaria y el 0,7% a la educación universitaria. En los países de la OCDE los porcentajes correspondientes son el 3,7% y el 1,5% (p.30).

Por otro lado, el contexto socio-educativo caracterizado por Jaim Etcheverry es analizado a partir de los efectos. Esto aumenta el grado de la tragedia si no advertimos y complementamos este análisis desde otros enfoques que permitan una visión global de la temática tratada. Por esta razón, el libro de Jaim Etcheverryes una alerta de los efectos que una época de crisis profunda en todos los ámbitos del sistema, provocan en el sistema socio-educativo.

Autora
Fabiana Mastrangelo

Written by albertoch

22 enero, 2011 a 13:12

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